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Presentación. Revista Bienes Culturales. IPHE.
Número 7. Plan de Patrimonio Industrial (2007)

Cubierta del Número 7 de la Revista Bienes Culturales. Plan de Patrimonio Industrial

La preparación del Plan Nacional de Patrimonio Industrial fue una experiencia muy satisfactoria para el IPHE, puesto que, desde que se presentó la idea en el Consejo de Patrimonio Histórico, hubo un amplio consenso entre las Comunidades Autónomas y el Ministerio de Cultura sobre la oportunidad de su puesta en marcha. Los trabajos, inmediatamente posteriores, para la elaboración teórica del plan fueron igualmente gratos, ya que se realizaron en el seno de una comisión técnica de la cual formaron parte tanto especialistas como representantes de las diversas administraciones implicadas. Ellos, tal como se explica en esta publicación, diseñaron un programa y unos protocolos de actuación muy razonables para señalar los bienes culturales afectados e iniciar los estudios para las primeras intervenciones.

Pero aquí terminó el camino fácil, pues, aunque en el plano de las ideas todos parecíamos estar de acuerdo en este plan, al pretender ponerlo en práctica, las dificultades se convirtieron muchas veces en insuperables debido al hecho de que las industrias que dejan de funcionar, lo suelen hacer de una manera tan traumática que

la última posibilidad de recuperar algo de su capital no es otra que la recalificación y venta del suelo donde se asientan. Percibimos entonces que estábamos hablando de palabras mayores y que las contrapartidas que las administraciones pudiéramos ofrecer a los propietarios de las industrias fuera de uso serían normalmente irrisorias en comparación con lo que éstos puedan lograr en el mercado inmobiliario. Por esta razón muchos bienes de patrimonio industrial que, parcial o totalmente, deberían conservarse no están aún protegidos legalmente ni es fácil que lo estén en un futuro próximo.

Además, en este campo falla la recomendación de la Carta de Atenas de 1931 cuando enunciaba que «la mejor garantía para la conservación de los monumentos reside en el respeto de los pueblos», puesto que los vecinos de muchas instalaciones industriales ya cerradas siempre han escuchado que éstas no sólo afeaban el paisaje, sino que, cuando estaban en funcionamiento, arruinaban su medio ambiente. Por ello no es fácil que, de la noche a la mañana, puedan cambiar su sentir y considerar como fundamental para su historia aquello tradicionalmente tan denostado, con el agravante de que las más de las veces en aquellas fábricas gastaron su vida sus parientes por cortos salarios. Así, estos vecinos no suelen derramar una lágrima cuando las «antiestéticas» estructuras fabriles de su entorno son derribadas y sus solares urbanizados sin que quede rastro alguno de lo que allí hubo.

Porque una característica del patrimonio industrial es que, una vez desmontado, muchas veces no deja ni los menores vestigios de su existencia. Por ello, de la misma manera que las grandes industrias marcaron los territorios en donde se asentaban, cuando son desmanteladas y su terreno urbanizado, resulta muy difícil hacerse idea de su pasada importancia. Esto lo podemos comprobar en uno de los lugares más emblemáticos de nuestra revolución industrial: los Altos Hornos de Vizcaya en Sestao. De los tres hornos que fueron construidos, actualmente sólo queda en pie la imponente superestructura metálica de uno, mientras que el solar de los otros dos es hoy una pradera de césped en la que resulta casi imposible imaginarse que alguna vez allí existieran unas enormes construcciones vomitando humo y fuego mientras una legión de obreros los alimentaban con el mineral extraído de las entrañas de la tierra. Pero no sólo es importante la pérdida física de un paisaje industrial singular, sino también la de unas señas de identidad históricas sin las cuales nos resultaría imposible entender cómo el mundo moderno se construyó en medio de una enorme fractura social.

Sin embargo, a pesar de lo dicho sobre las dificultades encontradas en el Plan Nacional de Patrimonio Industrial, debemos reconocer que se ha avanzado en su ejecución, aunque todavía no podamos decir que se cumplan los mínimos indispensables para la salvaguarda y conservación de sus bienes culturales específicos. En estas páginas pasamos revista a las actuaciones emprendidas, algunas muy significativas, como, por ejemplo, la consolidación del citado alto horno de Sestao, que ha sido protegido legalmente por el Gobierno Vasco con un amplio apoyo popular y de las instituciones vizcaínas. También estamos restaurando los hornos Bustamante de Almadén, histórico conjunto de producción de mercurio actualmente en profunda transformación, que no hace mucho que dejó de extraer cinabrio de sus famosas minas de lo que Alfonso X el Sabio denominaba «argent vivo».

Consideramos fundamental no perder de vista que la meta de nuestro trabajo, como técnicos y gestores de organismos públicos competentes en la materia, es no cejar hasta conseguir que se garantice la conservación para la posteridad de suficientes muestras representativas de las tecnologías que han cambiado al mundo, porque en este campo las innovaciones se suceden con tanta rapidez que una locomotora de vapor, una centralita telefónica o una turbina para la producción de electricidad de hace medio siglo, son ya auténticas y raras piezas de museos, porque cuando una generación de maquinarias queda obsoleta una irreversible cuenta atrás para su desaparición se inicia a una velocidad vertiginosa. No importa que haya millones de aparatos de determinado tipo, porque, al cabo de un breve espacio de tiempo, casi todos ellos habrán desaparecido, porque la sociedad actual es muy expeditiva en este sentido. Así, se puede decir sin exageración, parafraseando a Ruskin, que las instalaciones industriales nacen, se desarrollan y mueren irremediablemente a pesar de la sensación de inigualable poderío que ofrece una industria en su momento de mayor pujanza.

Esperamos, pues, que la lista de bienes industriales protegidos y catalogados se vaya engrosando al mismo tiempo que los diversos grupos sociales se conciencien para no dejar perder testigos de un pasado fundamental en nuestra historia, porque eso significará que existe un serio compromiso para que no se pierdan algunas de las páginas más decisivas de la evolución del «homo faber». Y, finalmente, quisiera en nombre del IPHE agradecer su colaboración no sólo a quienes han escrito en este número de nuestra revista, sino también a quienes nos ayudan cada día en los más diversos lugares para que se avance en este trabajo, en el que tanto nos guió Pachula con su inteligencia y entrega. ÁLVARO MARTÍNEZ-NOVILLO

 

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